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GARANTÍA ALIMENTARIA EN CANARIAS

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ARTICULO DE OPINIÓN de Oriol Prunés, miembro de Equo Gran Canaria.

 

Vengo de dar un largo y calmoso paseo por el puerto de La Luz. En esta tarde soleada de septiembre, inundada de este fulgor atlántico, transparente e intenso, los mercantes y cargueros fondeados y algún otro que se divisa arribando a puerto se nos presentan como un espectáculo formidable. ¡Qué tráfago de mercancías! A Canarias llega de todo y de todas partes. Al fin y al cabo, Canarias se ubica en la encrucijada de grandes y permanentes rutas transoceánicas. Reconforta. Sigo caminando; el mar está en calma. De pronto, sin embargo, me da algo así como una punzada, un pálpito agudo, una grima. ¿Qué ocurriría si todo este tráfico marítimo se interrumpiera de pronto, si dejaran de arribar a los puertos isleños esos panzudos navíos con sus bodegas rebosantes?

 

Hay quien sostiene, y no es en absoluto observación disparatada, que la “despensa” de las Islas empezaría a sufrir un desabastecimiento brutal de productos alimenticios, de ésos considerados de primera necesidad, en el brevísimo plazo de tres o cuatro días. Más allá de esa inquietante ficción casi novelesca, el hecho incontrovertible es que Canarias ni siquiera alcanza a producir un tercio de lo que se come: un veinte por ciento, todo lo más y mucho. Quizá menos. Un desabastecimiento de los puertos rozaría la catástrofe.

 

Normalmente, el término soberanía alimentaria suele asociarse a los países menos desarrollados y fuertemente dependientes y a algunos de esos otros que, con un trillado eufemismo que no oculta su precariedad, llaman “emergentes”. Cuando se reivindica la soberanía alimentaria de Latinoamérica, Asía o África, lo que se quiere resaltar es que esos países sufren una colonización económica –y en definitiva, política- que los deja a merced de los intereses de las multinacionales agroalimentarias. Es una colonización completa, tanto por lo que se refiere a la propiedad y al uso del suelo agrícola, a menudo convertido en un monocultivo de productos muy apetecibles para Occidente (plátano, cacao, café, té…), como por la dependencia de los pequeños agricultores nativos de los insumos agrícolas (plaguicidas y abonos químicos, sobre todo) y de las semillas en poder de esas mismas multinacionales Aunque bien conocidas, las consecuencias de todo este avasallamiento conviene que nos las recordemos: hambre, miseria y emigración del campo a megalópolis saturadas, un círculo infernal de multitudes condenadas a no ser dueñas de su propia tierra.

 

Por tanto, los defensores de la soberanía alimentaria propugnan el desarrollo de la economía campesina sostenida en la agricultura y la ganadería ecológicas, no sólo más respetuosas con el medio sino además económicamente no dependientes, con el fin de paliar así la crónica insuficiencia alimentaria de esas poblaciones y, al paso, garantizar a los campesinos un pequeño excedente destinado a los mercados locales. Se busca, en definitiva, quebrarle el espinazo a la dependencia para que la mayoría, aun siendo pobre –en términos occidentales-, deje de ser miserable.

 

Pero Canarias no es Latinoamérica, ni África, ni Asia, desde luego, aunque en cuanto a alimentos sea tan dependiente del exterior como esos otros países. La dependencia alimentaria del Archipiélago se origina, cuando menos, en tres severos condicionantes ligados entre sí: la lejanía; la sujeción a los grandes flujos comerciales marítimos y aéreos y la sumisión de éstos a los combustibles fósiles; y una dependencia energética casi total. A éstos habría que añadir el abandono irrefrenable de la ganadería y la agricultura propias durante las últimas décadas. Así pues, más que de “soberanía”, que arrastra tantos resabios políticos, sociales e incluso éticos ajenos a la situación de Canarias, prefiero yo hablar, para nuestro caso, de “garantía alimentaria”.

 

Canarias tiene que producir lo que se come. Si no todo, por lo menos aquellos productos básicos que atajen una dependencia tan brutal del exterior y garanticen a los isleños su supervivencia en una virtual situación de crisis. Pero por si con eso no bastara, sufrimos además un paro espeluznante que golpea particularmente a los obreros de la construcción y a los jóvenes. Ni siquiera en una coyuntura económica más favorable, que no se avizora, podría absorber la construcción a todos esos parados porque, en cuanto a obra fabricada, no es que hayamos llegado ya al máximo: es que nos hemos pasado largamente. Si la lejanía y la carencia de suministros básicos tendrían que ser por sí mismas estímulo y razón suficientes como para que se opte ya por reflotar el sector primario de las Islas, la posibilidad, además, de recolocar mano de obra sobrante en la agricultura y la ganadería aún tendría que espolear más las amodorradas conciencias políticas.

 

Muchos son los escollos que deben removerse para poner en marcha un campo que hoy vive –malvive, mejor- entre una población envejecida y subsidiada y la incuria de los gobernantes archipielágicos. Primero que nada, necesitamos muchos jóvenes formados en agricultura, en agricultura ecológica por supuesto, jóvenes a los que se les debe insuflar el orgullo de ocuparse en un sector crucial para su sociedad, pues las causas del abandono de la tierra no son sólo económicas sino también sicológicas. Y necesitamos igualmente dinero: las administraciones públicas deben proveer de crédito a ningún interés, o a un interés meramente simbólico, a esos jóvenes para que puedan arrancar sus explotaciones; y a los que ya no son tan jóvenes también, pues hay mucho obrero de la construcción en paro que, a causa de la crisis, contempla ahora como una posibilidad de ganarse la vida el regreso a unas tierras heredadas de los padres pero que casi nunca trabajó, atraído por el señuelo del dinero rápido y fácil del cemento. La memoria agrícola de Canarias sigue estando ahí, latente, a pesar de todo.

 

Lo que sucedería si los flujos marítimos y aéreos se interumpieran de repente produce pánico sólo de pensarlo. Demasiada dependencia, una dependencia insufrible. Que no se nos replique con que, al fin y al cabo, vivimos en la era de la globalización, de la interconexión mundial. Hasta el más fanático ideólogo de la globalización, a poco que se le pinche, reconocerá que Canarias está demasiado cerca de ninguna parte como para fiar su bienestar alimentario a algo tan frágil y tornadizo como la coyuntura internacional.

 

Oriol Prunés. Miembro de Equo Canarias.

oprunes@gmail.com

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