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ECOFEMINISMO

Petra Kelly_2.JPGAl final de la obra de Henrik Ibsen,
Casa de Muñecas,
la heroína hace las maletas y se va.
¿A dónde vas Nora?
Estamos intentando responder a esta pregunta.
Petra. K. Kelly (1986).


POLÍTICAS EMANCIPATORIAS COMO POLÍTICAS DE VIDA
MARA CABREJAS
Hoy, parece necesario ampliar con creces los irrenunciables marcos igualitarios que reclaman la presencia y participación paritaria en las instituciones públicas. Es necesario eliminar la perversión sexista que opera en los sistemas democráticos de representación y elección política mediante las leyes electorales, los partidos y las candidaturas electorales. También han de ampliarse y renovarse los campos temáticos habituales en la política oficial sobre las mujeres, ya que invisibilizan numerosas realidades cotidianas que padecemos aunque no tengan aún ni discursos sociales, ni palabras, ni actores colectivos organizados, ni lenguajes públicos claros y articulados. Por ello, las chicas verdes o ecofeministas tenemos por delante el doble reto de avanzar a la vez en dos direcciones: el avance de los procesos de igualación y justicia compleja para con las mujeres y tradicionalmente asumidos por la izquierda, y la protección y el cuidado de la naturaleza que aceleradamente muere a efectos de la civilización industrial masculina.

Seguramente esto significará que será necesario ampliar las clásicas políticas emancipatorias y sus habituales temáticas sobre las condiciones del reparto, las desigualdades sociales, la participación y gobernabilidad. Estas políticas clásicas del pensamiento liberal arrastran claras limitaciones. Se basan en separaciones y dualismos artificiales y dogmáticos entre el espacio privado y el público, entre la naturaleza y la sociedad, y por lo tanto están incapacitadas para ver las relaciones de interdependencia y dominación que conectan y atraviesan cada parte de estos reduccionismos. Es necesario mantener y a la vez ampliar el discurso clásico de la igualdad liberal porque deja fuera muchas problemáticas que afectan a las mujeres diversas y reales situadas como están en diferentes campos y papeles sociales (excluidas, víctimas inadaptadas, resistentes culturales, resistentes críticas, alternativas, colaboracionistas travestidas...).

Las políticas de vida amplían el campo de problemas percibidos al reconocer ideales de justicia más complejos y no determinados exclusivamente por las reglas y valores de participación y reparto. Se trata no sólo de valores como la igualdad de oportunidades, la cantidad y el reparto, sino también el valor de la diferencia, la cualidad, la pluralidad, la comunidad, la tolerancia en diversidad, la autorealización personal singular y propia como derecho individual y colectivo inalienable en contextos específicos y situados social-cultural y ecológicamente. Hoy la mayoría de la gente no sólo quiere ser igual, sino que también quieren ser radicalmente diferentes y singulares en sus contextos.

Las políticas emancipatorias clásicas del feminismo suelen responder prioriatriamente a la problemática de la inexistencia de un reparto equitativo de los bienes y recursos existentes entre los hombres y las mujeres ya que en todos los ámbitos sociales los hombres acumulan más y los más valiosos bienes o recursos. Desde posiciones verdes se reconocen los límites de las políticas del feminismo liberal (igualdad ante la ley, acceso y reparto desigual de recursos mediante la lucha individualista y competitiva entre tod@s para atrapar los bienes escasos en muchos campos sociales. Los feminismos liberales de la igualdad de oportunidades no cuestionan el contexto social más amplio y sus imperativas relaciones estructurales atravesados por numerosas formas de injusticia y desigualdad.

La exigencia exclusiva de más cuotas de igualdad entendida como reparto y distribución de bienes entre mujeres y hombres tiene al menos dos importantes limitaciones. Por una parte se da un reforzamiento de las principales instituciones y formas injustas de regulación social (mercado globalizado, desigualdades N-S, de clase y rentas socioeconómicas, representación política discriminadora y marginalizadora mediante partidos con liderazgos y control masculino...), y por otra parte, se da una progresiva masculinización de las mujeres junto a la invisibilización, devaluación y el no reconocimiento de las valiosas y singulares culturas femeninas del cuidado y el sustento que rememoramos y reinventamos cada día. Las políticas de la igualdad de oportunidades son en realidad políticas masculinizadoras para las mujeres, algo así como un feminismo patriarcal.

En las realidades prácticas en las que vivimos aprendemos a manejarnos con las reglas y valores masculinos de la competencia individualista y de razón instrumental para conquistar zonas de autonomía y libertad en nuestras vidas como trabajadoras o ciudadanas. Las mujeres hoy tenemos muchas experiencias sobre estos imperativos sociales de masculinización ya que nos pasamos la vida con dobles presencias: entrando y saliendo de mundos femeninos a mundos masculinos, y viceversa. Realizando dobles o triples jornadas tenemos que aprender a manejarnos en esta extraña forma de competencia masculinizada, pero en condiciones de básica desigualdad y desventaja de partida al estar previamente socializadas como niñas y mujeres bajo los parámetros y valores definidos por las pautas patriarcales. De antemano tenemos todas las cartas marcadas para acabar siempre como perdedoras. Las relaciones patriarcales no sólo hacen un desigual reparto entre mujeres y hombres, sino que también lo hacen mediante un específico poder de dominación simbólica: activando y usando los discursos y creencias dominantes, interesadas y desvirtuadoras de las relaciones reales entre hombres y mujeres Las mujeres, ya se sabe que son como las gatas por la noche, todas pardas a ojos de la mirada androcéntrica que nos define, subordina y devalúa...

La cultura femenina tradicional de los lugares domésticos participa de valores singulares (ética comunitaria del cuidado, el sustento y la donación, la empatía, de la relación cara a cara y el reconocimiento no abstracto sino concreto del otro y sus singularidad...), son muy opuestas a los mundos y valores masculinos que configuran las relaciones dominantes dentro de los sistemas y organización burocrática de la empresa privada o el estado, es decir, un dominio de las reglas i valores impersonales y anónimos basados en la eficiencia, la competencia de todos contra todos y la indiferencia emocional y moral hacia el otro concreto.

En los mundos y relaciones guiadas por parámetros masculinos y sus frías reglas de reparto de los bienes en juego basadas en la competitividad individualista y jerarquizada en el empleo, los estudios, la política..., aunque consigamos resistir la sobre-selección que se nos aplica y aunque consigamos demostrar con sobre-esfuerzos nuestras excelencias y valías individuales bajo la competitiva óptica masculina, siempre queda el recurso final de la violencia simbólica patriarcal y sus juicios sumarísimos. Osea, que las raras veces que alcanzamos la igualdad o presencia cuantitativa equiparable a la de los hombres, las inercias simbólicas de la dominación nos espera con otra mala pasada: los hombres siempre parecen están mejores equipados para ocupar los mejores puestos que ganan y acumulan, al tiempo que afianzan las presiones e injusticias estructurales. Bajo los efectos continuados de esta devaluación simbólica aplicada sistemáticamente a las mujeres y a cada mujer en circunstancias concretas, los chicos siempre ganan bajo las reglas liberales de la igualdad de oportunidades ya que acumulan para ellos las mejores posiciones al tiempo que continúan manteniendo las distancias y desigualdades en relación a las mujeres. Invitarnos a participar sí, pero no en condiciones de igualdad; participar sí, pero no ocupando posiciones mejores o semejantes a las de ellos; participar sí, pero no siendo las protagonistas ni reconociendo y dignificando nuestras diversidades y singularidades individuales y colectivas.

Otros feminismos más radicales y críticos reconocen y cuestionan el empobrecedor y doloroso coste de travestismo que se nos exige a las mujeres mediante las políticas de igualdad de oportunidades. Masculinizarnos significa integrarnos y socializarnos en las reglas y valores masculinos que están en juego en cada ámbito social. Es decir, adaptarnos en situaciones de igualdad abstracta con los hombres a la cultura y formas de sociedad históricamente diseñadas y controladas por ellos o al menos por una fracción o élites varoniles.

Si bien el reparto liberal no deja de ser importante porque se está muy lejos de conseguir el mínimo de reparto equitativo de los recursos entre mujeres y hombres, es del todo insuficiente dadas sus limitaciones. Aunque ya tengamos las chicas del norte rico unas leyes igualitarias que no discriminan por sexo, paradójicamente continuamos con la persistente desigualdad cuantitativa y cualitativa o simbólica. Dado que continúa el desigual reparto entre hombres y mujeres a pesar de las leyes igualitarias, a efecto de nuestras necesidades más inmediatas hay que seguir defendiendo las demandas de igualdad de oportunidades y haciendo alianzas con los feminismos liberales que reclaman la igualdad cuantitativa y reparto con los hombres en todos los ámbitos públicos de la sociedad incluidos los campos sociales más distinguidos y con más capacidad de poder.

Estas nuevas políticas de vidabuscan salir del desarraigo religando con el lugar propio, social y natural. Hoy tienen variopintos actores y sujetos colectivos que desde hace décadas las reclaman bajo muy diferentes lenguajes. Nuevos actores y movimientos sociales exigen, no sólo los derechos políticos y sociales hoy tan recortados y amenazados por las políticas de flexibilización y precarización social, sino que también demandan unos nuevos derechos apenas conseguidos: los derechos etnoculturales o de identidad comunitaria y los derechos ecológicos o de supervivencia y habitabilidad.

MARA CABREJAS
Dpto. Sociología y Antropología de la Universitat de València
Mara.Cabrejas@uv.es
07/03/2005 16:06 VER NOTICIA. Ecofeminismo

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